¿Hay literatura en los bautizos?

Publicat en Cuaderno 10 (20-10-2014)
Autor: Israel Pedrós
ISSN 2171-9985
Núm. 22
 

¿Hay literatura en los bautizos?

En aquel mayo parisino había una pintada que decía:

Pensar juntos, no. Empujar juntos, sí.

No creo que lo dijesen por la misma razón, pero los de mi pueblo hacen algo parecido cuando se acercan, con inercia, a ciertas fechas señaladas. «¿Cómo no voy a bautizarlo?», te dicen, como si la pregunta fuera ésa y no la contraria.

Muchas mafias napolitanas siguen estudiando cómo la Iglesia Católica ha conseguido pasarle el muerto al rebaño ya que los funcionarios de la Iglesia delegan el debate en los exteriores y hacen que los extorsionados asistan alegres, y vestidos de gala, a pagar su extorsión. En esas discusiones se lanzan argumentos contradictorios —es imposible que sean de otra índole–. Ellos, que son tan racionales e ilustrados, que sacan la lógica y el sentido común ante cada noticia salvaje del telediario, olvidan todo de repente y vuelven dos siglos atrás, antes del nacimiento de las democracias burguesas gracias a las cuales las distintas constituciones se impusieron a las leyes divinas.

Y pese a que el centro de todo eso debería ser un mensaje alegórico, una cruz, una alma, la fe en una excursión al centro comercial celestial, en los corros alrededor sólo se habla de si será largo el acto, de las transacciones comerciales, de a cuánto saldrá el ágape y, sobre todo, de desigualdad: quién es el más pobre de todos los invitados.

―¡Vaya traje!
―Sí, es mi uniforme de hipócrita amateur.

Cuando ves el rostro asombrado del interlocutor entiendes que únicamente se estaba refiriendo a tu elegancia.

Una vez dentro, sin escapatoria, me dispongo a escuchar. Observo la dificultad del narrador para llevar adelante el relato. Trata de apoyarse en estribillos conocidos para rellenar capítulos. Si se permite la comparación sería como si en una novela de Conan Doyle, en el segundo acto y cuando Sherlock está estudiando las pistas, en vez de darnos una descripción pormenorizada apareciesen varias páginas que entonasen como en un coro de gospel: “¡Que lo acierte, que lo acierte! ¡Sherlock! Sherlock! Ea, ea, ea, Watson se marea”. También intenta animar el relato con algunos elementos de merchandising, pero a diferencia de Apple no lo hace destacando sus ventajas o su innovación: no tenemos nada con megapíxeles ni un diseño más ergonómico. Se multiplica por 30 el precio de un cirio con la única excusa de que lo encenderemos en una franquicia. Desconozco el precio de la capucha que le ponen luego o si el agua que le tiran en la cabeza es Vichy Catalán o tan sólo agua potable, pero sí sé que sus feligreses lo pagan encantados y que la aduana es obligatoria.

Me siento perdido cuando no hay rezos enlatados ni aerobic. El narrador —omnisciente, obviamente— trata de vendernos un vórtice extraño ya que nos dice que para enseñar al bebé quién es Dios hay que ver la imagen de Dios reflejada en la de Jesús, y la de Jesús se reflejará en la fe de los padres; pero todo esto viene sin instrucciones ni abrefácil: debe ser la manera de crear la intriga en esta novela por fascículos. La torpeza del narrador llega al límite cuando trata de hacer un símil para explicarlo: «igual que podemos conocer a Velázquez a través de las meninas». A través de ellas no; tienes que mirar a la derecha y verás que Velázquez sale en el cuadro, dan ganas de responderle.

La ausencia de democracia en todo esto es evidente. Nadie más puede hablar, tan solo hemos de repetir la consigna cuando se nos diga. A lo largo de la historia hay numerosos ejemplos que ejemplifican la estrategia de la repetición. Pero incluso va más allá cuando escucho al narrador subrayar que el bebé, que apenas cuenta doce meses de vida, ya ha rezado por primera vez y todos ríen contentos ante un ejercicio alienador en su más pura literalidad. El señor del altar ya le ha robado su recién estrenada libertad y, además, se regocija de que su propósito sea conseguir que alguien haga algo sin ni siquiera entenderlo. ¡Qué se puede esperar de quienes creen en el canibalismo como marketing de su líder!

Deténganse un momento en la escenografía: un cirio, un pozal, el capuchón, un micro, un libro y un atril. Seguramente otros narradores hubiesen desarrollado una trama con más efectos especiales. Un Michael Bay, por ejemplo, hubiese hecho que el narrador se descolgase desde lo alto para que el público, entregado, hubiese apreciado las pinturas y las cúpulas del recinto.

Como ven, todo esto contiene mucha literatura, aunque a primera vista parezca un experimento de cine de autor, pretencioso y experimental, con poco ritmo y muchos elementos disonantes que no conducen hacia un final sino tan sólo al clímax del primer acto. Además, aunque suene subjetivo, la interpretación del actor principal nunca es muy buena.

La compañía teatral que lo lleva es muy veterana, lleva actuando unos dos milenios, así que les recomiendo que busquen ofertas lúdicas de dramaturgos más alternativos, aunque sólo sea por la frescura de la novedad. Eso sí, como dicen los cinéfilos gafapasta, reconozco que la música y la fotografía es muy buena.

 


Israel Pedrós
 
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